Panza de burro

Andrea Abreu nos trae en su primera novela, Panza de Burro, la historia de dos niñas pequeñas, dos amigas, que viven en un pueblo de Canarias. Una historia de amistad de la buena, de la que se te mete en cada venita del cuerpo. Una amistad cómplice, llena de amor e idolatría, que a veces también es posesiva y violenta. La oralidad en la narración nos acerca inocentemente a un mundo desigual donde las niñas acompañan a sus madres a limpiar la mierda de los guiris jediondos en sus casas de lujo en Tenerife. Un mundo de abuelas supersticiosas, de cuadernos llenos de letras de canciones bonitas y de tardes de Mésinye y de Terra en un cíber. Y luego están los juegos. El juego de las barbis, el juego de pintarse, el de comerse un bocata en la calle, el de montar en bici y recorrer el pueblo de un lado a otro mientras pasan las horas. Una novela que te gustará si te has pasado la infancia pendiente de que sonara el telefonillo para salir a jugar, si has experimentado el zumbido el Menssenger, si has sentido la quietud y el sudor pegajoso de las tardes de verano. Y si no has experimentado nada de esto, si no has escrito nunca con k x,  o con alternancias de mayúsculas y minúsculas, entonces también te va a gustar, porque es genial. 

 

Si hay algo que me gusta profundamente es cuando una autora utiliza tan bien el lenguaje. Esta novela es alta calidá literaria, misniñas, es la belleza de lo real, de lo orgánico y lo siniestro del mundo. Calidá que deja poso y muchas ganas de más.

 

“Pero Isora me acompañaba a mi casa. Ella siempre me acompañaba. Y yo la acompañaba a ella. Y ella me acompañaba a mí. Así como los pac de yogures de la venta, como ella dijo una vez. […] Como los pac de yogures que siempre van unidos”.

 

 Colección Editor/a por un libro de la editorial Barret, edita Sabina Urraca. 

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